El adjetivo y sus arrugas.
Alejo Carpentier
Los adjetivos son las arrugas del estilo. Cuando
se inscriben en la poesía, en la prosa, de modo natural, sin acudir al
llamado de una costumbre, regresan a su universal depósito sin haber dejado
mayores huellas en una página. Pero cuando se les hace volver a menudo,
cuando se les confiere una importancia particular, cuando se les otorga
dignidades y categorías, se hacen arrugas, arrugas que se ahondan cada vez
más, hasta hacerse surcos anunciadores de decrepitud, para el estilo que los
carga. Porque las ideas nunca envejecen, cuando son ideas verdaderas. Tampoco
los sustantivos.
Cuando el Dios del Génesis luego de poner luminarias en la
haz del abismo, procede a la división de las aguas, este acto de dividir las
aguas se hace imagen grandiosa mediante palabras concretas, que conservan
todo su potencial poético desde que fueran pronunciadas por vez primera.
Cuando Jeremías dice que ni puede el etíope mudar de piel, ni perder sus
manchas el leopardo, acuña una de esas expresiones poético-proverbiales
destinadas a viajar a través del tiempo, conservando la elocuencia de una
idea concreta, servida por palabras concretas. Así el refrán, frase que
expone una esencia de sabiduría popular de experiencia colectiva, elimina
casi siempre el adjetivo de sus cláusulas: "Dime con quién
andas...", " Tanto va el cántaro a la fuente...", " El
muerto al hoyo...", etc. Y es que, por instinto, quienes elaboran una
materia verbal destinada a perdurar, desconfían del adjetivo, porque cada
época tiene sus adjetivos perecederos, como tiene sus modas, sus faldas
largas o cortas, sus chistes o leontinas.
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sábado, 12 de enero de 2013
El adjetivo y sus arrugas. Alejo Carpentier
6:00 a. m.
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