jueves, 10 de enero de 2013

Acerca de mis Cuentos. Jorge Luis Borges



Acerca de mis cuentos
 
Jorge Luis Borges



Acaban de informarme que voy a hablar sobre mis cuentos. Ustedes quizás los conozcan mejor que yo, ya que yo los he escrito una vez y he tratado de olvidarlos, para no desanimarme he pasado a otros; en cambio tal vez alguno de ustedes haya leído algún cuento mío, digamos, un par de veces, cosa que no me ha ocurrido a mí. Pero creo que podemos hablar sobre mis cuentos, si les parece que merecen atención. Voy a tratar de recordar alguno y luego me gustaría conversar con ustedes que, posiblemente, o sin posiblemente, sin adverbio, pueden enseñarme muchas cosas, ya que yo no creo, contrariamente a la teoría de Edgar Allan Poe, que el arte, la operación de escribir, sea una operación intelectual. Yo creo que es mejor que el escritor intervenga lo menos posible en su obra. Esto puede parecer asombroso; sin embargo, no lo es, en todo caso se trata curiosamente de la doctrina clásica. 



Lo vemos en la primera línea -yo no sé griego- de la Iliada de Homero, que leemos en la versión tan censurada de Hermosilla: "Canta, Musa, la cólera de Aquiles". Es decir, Homero, o los griegos que llamamos Homero, sabía, sabían, que el poeta no es el cantor, que el poeta (el prosista, da lo mismo) es simplemente el amanuense de algo que ignora y que en su mitología se llamaba la Musa. En cambio los hebreos prefirieron hablar del espíritu, y nuestra psicología contemporánea, que no adolece de excesiva belleza, de la subconsciencia, el inconsciente colectivo, o algo así. Pero en fin, lo importante es el hecho de que el escritor es un amanuense, él recibe algo y trata de comunicarlo, lo que recibe no son exactamente ciertas palabras en un cierto orden, como querían los hebreos, que pensaban que cada sílaba del texto había sido prefijada. No, nosotros creemos en algo mucho más vago que eso, pero en cualquier caso en recibir algo.



EL ZAHIR
Voy a tratar entonces de recordar un cuento mío. Estaba dudando mientras me traían y me acordé de un cuento que no sé si ustedes han leído; se llama El Zahir. Voy a recordar cómo llegué yo a la concepción de ese cuento. Uso la palabra «cuento» entre comillas ya que no sé si lo es o qué es, pero, en fin, el tema de los géneros es lo de menos. Croce creía que no hay géneros; yo creo que sí, que los hay en el sentido de que hay una expectativa en el lector. Si una persona lee un cuento, lo lee de un modo distinto de su modo de leer cuando busca un artículo en una enciclopedia o cuando lee una novela, o cuando lee un poema. Los textos pueden no ser distintos pero cambian según el lector, según la expectativa. Quien lee un cuento sabe o espera leer algo que lo distraiga de su vida cotidiana, que lo haga entrar en un mundo no diré fantástico -muy ambiciosa es la palabra- pero sí ligeramente distinto del mundo de las experiencias comunes. 


martes, 8 de enero de 2013

Decálogo del escritor



Decálogo del escritor



Primero

Cuando tengas algo que decir, dilo; cuando no, también. Escribe siempre.


Segundo

No escribas nunca para tus contemporáneos, ni mucho menos, como hacen tantos, para tus antepasados. Hazlo para la posteridad, en la cual sin duda serás famoso, pues es bien sabido que la posteridad siempre hace justicia.


Tercero

En ninguna circunstancia olvides el célebre díctum: “En literatura no hay nada escrito”.


Cuarto

Lo que puedas decir con cien palabras dilo con cien palabras; lo que con una, con una. No emplees nunca el término medio; así, jamás escribas nada con cincuenta palabras.

domingo, 6 de enero de 2013

Consejos para escritores de Charles Baudelaire



Consejos para escritores de Charles Baudelaire 

Un tanto machistas algunas de sus observaciones, pero varios de sus consejos son útiles, confiando en que sepan aprovechar lo bueno, les dejo tan valiosos consejos:

 Consejos para escritores de Charles Baudelaire 



     Los preceptos que se van a leer son fruto de la experiencia; la experiencia implica una cierta suma de equivocaciones; y como cada cual las ha cometido –todas o poco menos-, espero que mi experiencia será verificada por la de cada cual.




De la suerte y de la mala suerte en los comienzos



      Los escritores jovenes que hablando de un colega novel dicen con acento matizado de envidia: "¡Ha comenzado bien, ha tenido una suerte loca!", no reflexionan que todo comienzo está siempre precedido y es el resultado de otros veinte comienzos que no se conocen.


(...) creo más bien que el éxito es, en una proporción aritmética o geométrica, según la fuerza del escritor, el resultado de éxitos anteriores, a menudo invisibles a simple vista. Hay una lenta agregación de éxitos moleculares; pero generaciones espontáneas y milagrosas jamás.
Los que dicen: "Yo tengo mala suerte", son los que todavía no han tenido suficientes éxitos y lo ignoran.




      Libertad y fatalidad son dos contrarios; vistas de cerca y de lejos son una sola voluntad.
Y es por eso que no hay mala suerte. Si hay mala suerte, es que nos falta algo: ese algo hay que conocerlo y estudiar el juego de las voluntades vecinas para desplazar más fácilmente la circunferencia.

De los salarios

      Por hermosa que sea una casa es ante todo -y antes de que su belleza quede demostrada- tantos metros de frente por tantos de fondo. De igual modo la literatura, que es la materia más inapreciable, es ante todo una serie de columnas escritas; y el arquitecto literario, cuyo sólo nombre no es una probabilidad de beneficio, debe vender a cualquier precio.
Hay jóvenes que dicen: "Ya que esto vale tan poco, ¿para qué tomarse tanto trabajo?" Hubieran podido entregar trabajo del mejor; y en ese caso sólo hubieran sido estafados por la necesidad actual, por la ley de la naturaleza; pero se han estafado a sí mismos. Mal pagados, hubieran podido honrarse con ello; mal pagados, se han deshonrado.

viernes, 4 de enero de 2013

Estructurar una Novela. La Estructura de una Novela



Estructurar una novela 

(De "Consejos para escribir una novela", por Fragmentos en negro)


Una novela comercial tiene habitualmente entre 80.000 y 120.000 palabras.
Sí, son muchas palabras. Y es un gran pedazo para manejarlo completo. Y puede suceder, en los escritores emergentes, que allá por la página 210 no sepan cómo continuar.


Un recurso es fragmentar la novela. Rómpela en pequeños fragmentos que puedas manipular dentro de una estructura equilibrada (Recuerda: inicio 25%, medio 50% y final 25).



Primero piensa cuantos acontecimientos significativos quieres que ocurran. Llámalos escenas, si quieres. Pongamos por ejemplo unos 100. Para mantener las proporciones tradicionales de una historia, el inicio y el final tendrán 25 y la parte media contendrá 50.
Luego trabaja lo que quieras que ocurra durante estos acontecimientos. Puedes hacerlo de muchas maneras: Escríbelo en fichas, en una hoja de base de datos o en cualquier otro elemento con el que te sientas cómodo. Yo uso un software de mapas mentales que luego enlazo a archivos de texto del sencillo bloc de notas de windows.


Finalmente revisa tus elementos clave sub-categorizando (fragmentando) el argumento, los sub-argumentos y los cambios en el punto de vista. Puedes colorear tus tarjetas o base de datos para ver si tienes un argumento o personaje que domina más que otros elementos.

Aviso: No esperes que esto sea instantáneo. Puedes pasar semanas cambiando cosas de sitio hasta que te sientas completamente cómodo y puedas empezar el primer borrador. Puede parecer agotador pero es mejor pensar ahora tu historia que cuando lleves 50.000 palabras y no sepas por donde continuar. ¿No?


miércoles, 2 de enero de 2013

¿Qué es un título? El Título de una Obra


¿QUE ES UN TÍTULO?

(de la Introducción a la semiótica por Robert Marthy)








     "Un aperitivo" según Barthes, insistiendo de este modo en su papel de apertura al texto. Una restricción interpretante y en consecuencia un índice que dirige la atención sobre el objeto del texto dando mayor o menor información acerca del objeto. Hay títulos dicentes y títulos más "misteriosos", más remáticos, a veces, inclusive, de naturaleza simbólica.
Roland Barthes

 
      R. Barthes (1985) al abordar el estudio de una novela de E. Poe titulada "La verdad sobre el caso de M. Valdemar" evalúa la función del título. El título "es un operador de marca", "tiene como función marcar el comienzo del texto, es decir constituir el texto en mercancía", "el relato es una mercancía, cuya proposición está precedida por una "perorata", por un "appetizer".


       En el análisis del título de Poe, muestra cómo la investigación, a propósito del objeto del relato, comienza con la del objeto del título (verdad supone enigma, caso sugiere un hecho excepcional, la, artículo definido impone que hay más que una verdad, -la de los hechos exactos, pero también la de su sentido- finalmente el análisis del nombre es rico en significaciones ya que es "el príncipe de los significantes"). Barthes subraya una vez más la utilidad del nombre propio (y los títulos los tienen muy a menudo). "Un nombre propio debe examinarse cuidadosamente" 


      Diremos que el título es el comienzo de la semiosis de interpretación del texto. Desde su lectura incita a los interpretantes a los que, en adelante explotará. Constituye un signo-acción que desencadena la interpretación y el objeto del título se vuelve en el signo del objeto de la novela con el que está en relación
.

       Es evidente que esta actividad del lector supone un habitus, que ese lector sabe que se trata de una "mercancía" cuál es la función del título y que sabe, en principio, apreciar su valor o interés. Algunos escritores o artistas se ven inducidos a dar explicaciones acerca de sus títulos. y U. Eco lo hizo respecto de "El nombre de la Rosa", título voluntariamente enigmático y por esto icónico de su novela. Algunos creadores, hay que destacarlo, al negarse a hacer el juego habitual del título y querer burlar la espera del lector o del espectador en ese campo, inventan un título que a primera vista no tiene nada que ver con la obra. U. Eco apuntaba por otra parte que el título debe guardar un poco de misterio, no proporcionar demasiados indicios al lector.


      El título es en consecuencia una toma de posición del autor que lleva a analizar y que da cuenta de sus principales intenciones, ya que focaliza la atención sobre aquello que parece ser para el creador el objeto esencial de la novela. (La película sobre la novela de Zola "L' Assommoir" lleva el título de "Gervaise": el interés se desplaza y el título ya dice lo bastante acerca de la diferencia que puede existir entre la obra literaria y la historia de la película).


      Si el análisis del título previo al análisis de la novela ofrece el interés de investigar, la retrolectura del título, luego de haber tomado conocimiento del texto es también interesante y complementaria ("Vipère au poing" de Hervé Bazin, es un lindo título que se dilucida completamente, didácticamente inclusive, en el último capítulo, pero su sentido comienza a horadar desde el primer capítulo).


       Es posible una tipología de los títulos en tanto que signos lingüísticos (el título de la novela de Poe es una proposición, por tanto un símbolo dicente). Pero quedaría por hacer la de las relaciones entre el objeto del título y el del texto.