miércoles, 15 de mayo de 2013

Sobre el punto de vista en la narración

Sobre el punto de vista en la narración 

 



      El punto de vista es el elemento más complicado de la narración. Si bien es posible analizarlo, definirlo, esquematizarlo, se trata en última instancia de una relación entre escritor, personajes y lector que, como toda relación, tiene sus sutilezas. Podemos discutir sobre el narrador, la omnisciencia, el tono, la distancia o la credibilidad en determinado cuento, pero ninguna conclusión que saquemos lo ubicará en el mismo casillero con otro cuento. 



      En primer lugar debemos desechar la acepción común de la frase "punto de vista" como sinónimo de opinión, como cuando decimos por ejemplo "desde mi punto de vista debe haber pena de muerte". La visión del autor acerca de lo que es o debería ser el mundo se nos revelará al final, según el uso que haga del punto de vista; y no al revés: identificar las creencias del narrador no sirve para describir el punto de vista en el relato. En lugar de pensar que el punto de vista consiste en la opinión o las creencias del autor, hay que tomarlo de un modo más literal, como "el punto desde donde se mira mejor". 



¿Quién se ubica dónde para mirar la escena?

  


      O, mejor, como estamos hablando de lenguaje, las preguntas deben ser: ¿Quién habla, a quién, cómo, a qué distancia de la acción, con qué limitaciones?: aspectos todos relacionados con la elección del punto de vista. Dado que el autor quiere hacernos compartir su perspectiva, las respuestas nos ayudarán a descubrir su opinión, sus juicios, su actitud o su mensaje. 



¿QUIÉN HABLA?


      La primera decisión que debe tomar un autor respeto al punto de vista tiene que ver con el narrador. He aquí la clasificación más simple que se puede hacer acerca de quién habla: un cuento puede ser narrado en tercera persona (Ella pasea bajo la luz de la luna), en segunda persona (Paseas bajo la luz de la luna) o en primera persona (Paseo bajo la luz de la luna). Los relatos en segunda y tercera persona los cuenta un narrador, los relatos en primera persona, un personaje. 



Tercera persona


      La tercera persona, desde la cual el narrador cuenta el relato, se puede subdividir según el grado de conocimiento u omnisciencia que asume el narrador. Advierta que, como estamos hablando de grados, las subdivisiones son sólo aproximadas. Como autor está usted en condiciones de decidir cuánto sabe. Puede conocer la verdad plena y eterna; puede saber qué hay en la mente de uno de los personajes pero no qué piensa el otro; o puede saber únicamente lo que se ve desde fuera. Usted decide. Al comienzo del cuento deberá indicar al lector qué grado de omnisciencia ha elegido; una vez hecha esta señal, se abre un "contrato" entre el autor y el lector, contrato delicado de romper. Si se ha limitado a la mente de James Lordly durante cinco páginas mientras James mira lo que hacen la señora Grumms y sus gatos, rompe usted la convención si se mete de pronto en la mente de la señora Grumms. Igualmente, nos sentiríamos tratados mal y dispuestos a romper gustosos el contrato si nos da usted los pensamientos de los gatos. 



      El narrador omnisciente -llamado a veces narrador editor omnisciente porque dice de frente lo que se supone que debemos pensar- tiene un conocimiento total. Cuando es usted autor omnisciente es un dios; puede:

1. Informar objetivamente lo que está pasando.
2. Meterse dentro de la mente de los personajes.
3. Interpretar por los lectores la apariencia de los personajes, lo que dicen, sus actos o sus ideas, aun si los propios personajes no pueden hacerlo. 

miércoles, 8 de mayo de 2013

Sobre las Obras inconclusas

Sobre las obras inconclusas.

      Por caprichos del destino, Charles Dickens murió justo en el medio de una novela de misterio.



     Recientemente la BBC intentó resolver "El misterio de Edwin Drood". La escritora Gwyneth Hughes no sólo adaptó la novela sin terminar de Dickens para la televisión, sino que también le inventó un final.

     "Leí el libro y me pareció brillante", dice Hughes. "Pero cuando estás viendo un drama, lo único que importa es cómo va a terminar. Para usar la frase de Alfred Hitchcock, 'es lo que te mantiene pegado a la silla'".
     Hughes se inspiró en Katie, la hija de Dickens. Ella decía que había que recordar de su padre lo que él hacía mejor: escudriñar el corazón humano.

      "Esto me animó a ir hacia donde me llevaron los personajes y espero que la gente a la que le fascina el libro -aunque no le guste lo que haya hecho con la novela- siga adorando a los personajes de Dickens".
Pastiche

     La lista de grandes autores que dejaron sus obras a medio terminar, a causa de una enfermedad o la muerte, es larga. Jane Austen, las hermanas Bronte, Albert Camus, Frank Kafka son sólo algunos de ellos. Y alrededor de estas figuras fue creciendo una industria de los llamados "continuadores", que buscan terminar con sus propias palabras lo que otros empezaron.

     ¿Pero por qué un escritor que se precie elegiría finalizar el trabajo de otro autor en vez de crear su propia obra? Es muy posible que el resultado de una obra iniciada por uno y finalizada por otro sea un pastiche.
Es un territorio peligroso, señala el profesor John Mullan, quien actualmente está escribiendo un libro sobre Jane Austen. "Lo que esperamos cuando leemos una obra de Austen, Dickens o Laurence Sterne, es una voz en particular, y eso es extremadamente difícil de recrear".

sábado, 9 de febrero de 2013

Nueva tesis sobre el cuento. Ricardo Piglia





Nueva tesis sobre el cuento, por Ricardo Piglia
Nueva tesis sobre el cuento
Por Ricardo Piglia


      Estas tesis son en realidad un pequeño catálogo de ficciones sobre el final, sobre la conclusión y el cierre de un cuento, y han estado desde el principio inspiradas en Borges y en su particular manera de cerrar sus historias: siempre con ambigüedad, pero a la vez siempre con un eficaz efecto de clausura y de inevitable sorpresa. 


 
     Borges, sabemos, dijo varias veces que varios de sus cuentos habían sido su primer cuento y esto quiere decir, quizá, que los comienzos son siempre difíciles, inciertos, que tuvo varias partidas falsas como en las cuadreras, como en la conocida diatriba de José Hernández contra su amigo Estanislao del Campo ("parece que sin largar se cansaran en partidas"), mientras que el fin es siempre involuntario o parece involuntario pero está premeditado y es fatal.

      Hay un juego entre la vacilación del comienzo y la certeza del fin, que ha sido muy bien definido por Kafka en una nota de su diario. Escribe Kafka el 19 de diciembre de 1914: "En el primer momento el comienzo de todo cuento es ridículo. Parece imposible que ese nuevo, e inútilmente sensible cuerpo, como mutilado y sin forma, pueda mantenerse vivo. Cada vez que comienza, uno olvida que el cuento, si su existencia está justificada, lleva en sí ya su forma perfecta y que sólo hay que esperar a que se vislumbre alguna vez en ese comienzo indeciso, su invisible pero tal vez inevitable final".

miércoles, 6 de febrero de 2013

El Sentimiento de lo Fantástico. Julio Cortázar

  El Sentimiento de lo Fantástico. Julio Cortázar



El sentimiento de lo fantástico, por Julio Cortázar
El sentimiento de lo fantástico

*Conferencia dictada en la U.C.A.B por Julio Cortázar


      Yo he sido siempre y primordialmente considerado como un prosista. La poesía es un poco mi juego secreto, la guardo casi enteramente para mí y me conmueve que esta noche dos personas diferentes hayan aludido a lo que yo he podido hacer en el campo de la poesía. (...) he pensado que me gustaría hablarles concretamente de literatura, de una forma de literatura: el cuento fantástico.



      Yo he escrito una cantidad probablemente excesiva de cuentos, de los cuales la inmensa mayoría son cuentos de tipo fantástico. El problema, como siempre, está en saber qué es lo fantástico. Es inútil ir al diccionario, yo no me molestaría en hacerlo, habrá una definición, que será aparentemente impecable, pero una vez que la hayamos leído los elementos imponderables de lo fantástico, tanto en la literatura como en la realidad, se escaparán de esa definición. 


Ya no sé quién dijo, una vez, hablando de la posible definición de la poesía, que la poesía es eso que se queda afuera, cuando hemos terminado de definir la poesía. Creo que esa misma definición podría aplicarse a lo fantástico, de modo que, en vez de buscar una definición preceptiva de lo que es lo fantástico, en la literatura o fuera de ella, yo pienso que es mejor que cada uno de ustedes, como lo hago yo mismo, consulte su propio mundo interior, sus propias vivencias, y se plantee personalmente el problema de esas situaciones, de esas irrupciones, de esas llamadas coincidencias en que de golpe nuestra inteligencia y nuestra sensibilidad tienen la impresión de que las leyes, a que obedecemos habitualmente, no se cumplen del todo o se están cumpliendo de una manera parcial, o están dando su lugar a una excepción. 

lunes, 4 de febrero de 2013

El Primer Cuento Mágico Realista. "El Hombre Muerto".Horacio Quiroga

    
      Seymour Menton desglosa con un interesante análisis las connotaciones históricas y literarias de este conocido cuento del escritor Horacio Quiroga.




El primer cuento mágicorrealista:
“El hombre muerto” (1920) de Horacio Quiroga

 
Seymour Menton






     Aunque Horacio Quiroga se conoce como criollista por antonomasia, también merece el honor de haber escrito tal vez el primer cuento mágicorrealista, no sólo de la América Latina sino del mundo entero. Publicado por primera vez el 27 de junio de 1920 en el diario porteño La Nación, “El hombre muerto” comparte varios rasgos con la pintura mágicorrealista europea y norteamericana que irrumpe hacia 1918 como reacción contra el expresionismo. Por ejemplo, veamos el cuadro pintado en 1928 por el alemán Franz Radziwill, Accidente fatal de Karl Buchstätter. 

     Aunque se trata de la muerte de un famoso piloto alemán, cuyo avión ya empezó a caer, el cuadro no tiene nada de dramatismo. El avión más bien parece suspendido en el centro del cielo en la parte superior del lienzo sin llamas ni humo. No se turba en absoluto la tranquilidad del paisaje rural pintado con una gran precisión en la parte inferior. Los paralelismos entre la pintura y la literatura respecto a este tema se refuerzan en el poema “Paisaje con la caída de Ícaro” (1954) del autor norteamericano William Carlos Williams, que describe sin emoción el cuadro pintado en 1555 por Breughel. 



      Sin embargo, se puede demostrar el realismo mágico de “El hombre muerto” aun más fácilmente contrastándolo con “A la deriva” (1912), cuento típicamente criollista del mismo Quiroga. Mientras el protagonista de “A la deriva” es un peón mestizo nombrado Paulino que muere como consecuencia de haber sido mordido por una víbora, el protagonista anónimo de “El hombre muerto” es un colono, probablemente extranjero, dueño de su propia tierra, que muere como consecuencia de un accidente sumamente inesperado. Después de luchar y triunfar durante unos diez años contra las fuerzas de la naturaleza, el hombre, al cruzar una cerca de alambre de púa de su propio bananal, se resbala y se le clava en el vientre su propio machete. Lo que crea, más que nada, el ambiente mágicorrealista es la falta de emoción, la falta de dramatismo con que se narra el accidente. El hombre herido no siente ningún dolor, no grita y no aparece ni una gota de sangre. 

martes, 29 de enero de 2013

El Dato Escondido. Mario Vargas Llosa

    Excelente ensayo del maestro de la literatura latinoamericana Vargas Llosa, quien analiza como Hemingway dio con un recurso, lo sistematizó, para decirlo mejor, muy útil y divertido para poner en práctica a la hora de escribir. Espero les guste.



El dato escondido
 Mario Vargas Llosa
 
   


     En alguna parte, Ernest Hemingway cuenta que, en sus comienzos literarios, se le ocurrió de pronto, en una historia que estaba escribiendo, suprimir el hecho principal: que su protagonista se ahorcaba. Y dice que, de este modo, descubrió un recurso narrativo que utilizaría con frecuencia en sus futuros cuentos y novelas. En efecto, no sería exagerado decir que las mejores historias de Hemingway están llenas de silencios significativos, datos escamoteados por un astuto narrador que se las arregla para que las informaciones que calla sean sin embargo locuaces y azucen la imaginación del lector, de modo que éste tenga que llenar aquellos blancos de la historia con hipótesis y conjeturas de su propia cosecha. Llamemos a este procedimiento ‘el dato escondido’ y digamos rápidamente que, aunque Hemingway le dio un uso personal y múltiple (algunas veces, magistral), estuvo lejos de inventarlo, pues es una técnica vieja como la novela y que aparece en todas las historias clásicas.



      Pero, es verdad que pocos autores modernos se sirvieron de él con la audacia con que lo hizo el autor de El viejo y el mar. ¿Recuerda usted ese cuento magistral, acaso el más célebre de Hemingway, llamado "Los asesinos"? Lo más importante de la historia es un gran signo de interrogación: ¿por qué quieren matar al sueco Ele Andreson ese par de forajidos que entran con fusiles de cañones recortados al pequeño restaurante Henry’s de esa localidad innominada? ¿Y por qué ese misterioso Ole Andreson, cuando el joven Nick Adams le previene que hay un par de asesinos buscándolo para acabar con él, rehúsa huir o dar parte a la policía y se resigna con fatalismo a su suerte? Nunca lo sabremos. Si queremos una respuesta para estas dos preguntas cruciales de la historia, tenemos que inventárnosla nosotros, los lectores, a partir de los escasos datos que el narrador omnisciente e impersonal nos proporciona: que, antes de avecindarse en el lugar, el sueco Ole Andreson parece haber sido boxeador, en Chicago, donde algo hizo (algo errado, dice él) que selló su suerte.

El ‘dato escondido’ o narrar por omisión no puede ser gratuito y arbitrario. Es preciso que el silencio del narrador sea significativo, que ejerza una influencia inequívoca sobre la parte explícita de la historia, que esa ausencia se haga sentir y active la curiosidad, la expectativa y la fantasía del lector.

viernes, 25 de enero de 2013

Escribir un cuento. Raymond Carver




 Escribir un cuento. 
Raymond Carver 


Allá por la mitad de los sesenta empecé a notar los muchos problemas de concentración que me asaltaban ante las obras narrativas voluminosas. Durante un tiempo experimenté idéntica dificultad para leer tales obras como para escribirlas. Mi atención se despistaba; y decidí que no me hallaba en disposición de acometer la redacción de una novela. De todas formas, se trata de una historia angustiosa y hablar de ello puede resultar muy tedioso. 

Aunque no sea menos cierto que tuvo mucho que ver, todo esto, con mi dedicación a la poesía y a la narración corta. Verlo y soltarlo, sin pena alguna. Avanzar. Por ello perdí toda ambición, toda gran ambición, cuando andaba por los veintitantos años. Y creo que fue buena cosa que así me ocurriera. La ambición y la buena suerte son algo magnífico para un escritor que desea hacerse como tal. Porque una ambición desmedida, acompañada del infortunio, puede matarlo. Hay que tener talento. 



Son muchos los escritores que poseen un buen montón de talento; no conozco a escritor alguno que no lo tenga. Pero la única manera posible de contemplar las cosas, la única contemplación exacta, la única forma de expresar aquello que se ha visto, requiere algo más. El mundo según Garp es, por supuesto, el resultado de una visión maravillosa en consonancia con John Irving. También hay un mundo en consonancia con Flannery O’Connor, y otro con William Faulkner, y otro con Ernest Hemingway. Hay mundos en consonancia con Cheever, Updike, Singer, Stanley Elkin, Ann Beattie, Cynthia Ozick, Donald Barthelme, Mary Robinson, William Kitredge, Barry Hannah, Ursula K. LeGuin... Cualquier gran escritor, o simplemente buen escritor, elabora un mundo en consonancia con su propia especificidad.

Tal cosa es consustancial al estilo propio, aunque no se trate, únicamente, del estilo. 

lunes, 21 de enero de 2013

Las diez reglas de oro del escritor Michael Moorcock

Las diez reglas de oro del escritor Michael Moorcock



1. Mi primera regla fue dada por TH White, autor de The Sword in the Stone and other Arthurian fantasies y fue: lee. Lee todo lo que caiga en tus manos. A las personas que quieren escribir fantasía, ciencia ficción o romance siempre les aconsejo dejar de leer todo en esos géneros y empezar a leer cualquier otra cosa.



2. Encuentra a un autor que admires (el mío fue Conrad) y copia sus argumentos y personajes para contar tu propia historia, de la misma manera que los pintores aprenden a pintar copiando a los grandes maestros.


3. Presenta a tus personajes y temas principales en el primer tercio de tu novela.


viernes, 18 de enero de 2013

Advertencias de un escritor. Gabriel García Márquez

 Lista de valiosos consejos que nos deja el gran gabo.



Advertencias de un escritor


García Márquez, Gabriel 





1- Una cosa es una historia larga, y otra, una historia alargada. 

2. El final de un reportaje hay que escribirlo cuando vas por la mitad.


3. El autor recuerda más cómo termina un artículo que cómo empieza.


4. Es más fácil atrapar un conejo que un lector.

5. Hay que empezar con la voluntad de que aquello que escribimos va a ser lo mejor que se ha escrito nunca, porque luego siempre queda algo de esa voluntad.

6. Cuando uno se aburre escribiendo el lector se aburre leyendo.
 

miércoles, 16 de enero de 2013

Escribir una novela: Mitos y Secretos



Escribir una novela: Mitos y Secretos 





     Muchas personas sueñan con escribir una novela, pero la mayoría no llega más lejos del simple deseo. El mero hecho de que usted esté leyendo este artículo muestra que está dispuesto a hacer su sueño realidad.

Pero, ¿tiene usted lo que se necesita para tener éxito en la escritura de una novela?



Es decir, los sueños están bien y es bueno tenerlos, pero en algún momento uno debe afrontar la realidad.

Yo solía soñar con ser el cantante de una banda. El problema es que no puedo cantar y no tengo oído para la música. Es por ello que no he perdido mi tiempo y mi esfuerzo intentándolo.

¿Va a perder su tiempo y esfuerzo tratando de convertirse en escritor? Es importante conocer la respuesta aquí y ahora.

La buena noticia es que escribir una novela y conseguir publicarla es un logro mucho más asequible de lo que pueda creer.

En realidad, si no quiere leer lo que sigue porque teme lo que pueda descubrir, sea valiente y sigua leyendo de todos modos. Lo más probable es que usted no hubiese llegado hasta aquí si no tuviese las credenciales correctas para escribir y publicar con éxito.

lunes, 14 de enero de 2013

Diez breves puntos sobre el microrrelato



Diez breves puntos sobre el microrrelato



1 – Los microrrelatos, piezas de algún rompecabezas oculto, se bastan a sí mismas. Ofician de instrumentos de reflexión que, como en la vieja cancioncita infantil, abrirán las puertas para ir a jugar. Son herramientas de precisión, o trampas, para cazar vivo al desconocido ángel o demonio – o mejor demonioángel- que dormita en algún repliegue de nuestra in/conciencia. La muy literaria.

Son el reconocimiento de ese algo que palpita en un recóndito rincón de la mente donde se ha ido formando un semillero de textos. O quizá lo que se ha ido formando es el equivalente a una de esas fosas donde los jardineros echan los restos de comida para fabricar abono: maloliente pudridero donde relegamos ciertas puntuales ideas para que fermenten con el tiempo y se conviertan en fertilizante. De tamaño nutriente nacen a veces, casi por generación espontánea, estas diminutas perlas que a veces son de espanto. “Un cuentista eficaz puede escribir relatos literariamente válidos, pero si alguna vez ha pasado por la experiencia de librarse de un cuento como quien se quita de encima una alimaña, sabrá de la diferencia que hay entre posesión y cocina literaria”, escribió Cortázar, gran maestro, en un ensayo seminal titulado “Del cuento corto y sus alrededores”.


2 – Microrrelato. Es éste un término que prefiero al de microcuento, porque el cuento –por el cual tengo un respeto casi sagrado– se arma atendiendo leyes secretas, múltiples y variables pero estrictas, que le confieren una identidad insustituible. En cambio la palabra relato me parece más laxa y permisiva, aunque podría tratarse de una connotación personal. Pero de eso está hecho el lenguaje, de connotaciones e interpretaciones: he aquí su riqueza y también su posibilidad de traición. Arma blanca, el lenguaje, nunca inocente como bien señala Juan Goytisolo; razón por la cual quienes escribimos nos complacemos en sacarle el mayor filo posible.

sábado, 12 de enero de 2013

El adjetivo y sus arrugas. Alejo Carpentier




 El adjetivo y sus arrugas.
 Alejo Carpentier



Los adjetivos son las arrugas del estilo. Cuando se inscriben en la poesía, en la prosa, de modo natural, sin acudir al llamado de una costumbre, regresan a su universal depósito sin haber dejado mayores huellas en una página. Pero cuando se les hace volver a menudo, cuando se les confiere una importancia particular, cuando se les otorga dignidades y categorías, se hacen arrugas, arrugas que se ahondan cada vez más, hasta hacerse surcos anunciadores de decrepitud, para el estilo que los carga. Porque las ideas nunca envejecen, cuando son ideas verdaderas. Tampoco los sustantivos. 

Cuando el Dios del Génesis luego de poner luminarias en la haz del abismo, procede a la división de las aguas, este acto de dividir las aguas se hace imagen grandiosa mediante palabras concretas, que conservan todo su potencial poético desde que fueran pronunciadas por vez primera. Cuando Jeremías dice que ni puede el etíope mudar de piel, ni perder sus manchas el leopardo, acuña una de esas expresiones poético-proverbiales destinadas a viajar a través del tiempo, conservando la elocuencia de una idea concreta, servida por palabras concretas. Así el refrán, frase que expone una esencia de sabiduría popular de experiencia colectiva, elimina casi siempre el adjetivo de sus cláusulas: "Dime con quién andas...", " Tanto va el cántaro a la fuente...", " El muerto al hoyo...", etc. Y es que, por instinto, quienes elaboran una materia verbal destinada a perdurar, desconfían del adjetivo, porque cada época tiene sus adjetivos perecederos, como tiene sus modas, sus faldas largas o cortas, sus chistes o leontinas.