Clase magistral de George Orwell
Sobre política y lenguaje y vicios de la escritura
por George Orwell (1946)
(extracto de "La política y el lenguaje inglés")
Pero si el pensamiento corrompe el lenguaje, el lenguaje también puede
corromper el pensamiento. Un mal uso se puede difundir por tradición e
imitación aun entre personas que deberían saber y obrar mejor. El lenguaje
degradado es, en cierta forma, muy conveniente. Expresiones como "un
supuesto no injustificable", "una consideración que siempre debemos
tener en mente", dejan mucho que desear, no cumplen un buen propósito, son
una tentación continua, una caja de aspirinas siempre al alcance de la mano.
Relea este ensayo, y con toda seguridad encontrará que una y otra vez he
cometido las mismas faltas contra las que he protestado. En el correo de esta
mañana recibí un panfleto sobre las condiciones en Alemania.
El autor me decía
que se "sintió impelido" a escribirlo. Lo abrí al azar y ésta es la
primera frase que leí: " [Los Aliados] no sólo tienen la oportunidad de
lograr una transformación radical de la estructura social y política de
Alemania de tal manera que eviten una reacción nacionalista en la misma Alemania,
sino que al mismo tiempo pueden sentar los fundamentos de una Europa
cooperativa y unificada". Cuando se lee que se "sintió impelido"
a escribir es de presumir que tiene algo nuevo que decir, pero sus palabras,
como corceles de caballería que responden al clarín, se juntan automáticamente
en una alineación monótonamente familiar. Esta invasión de la mente por frases
hechas ("sentar los fundamentos", "lograr una transformación
radical") sólo se puede evitar si se está continuamente en guardia contra
ellas, y cada una de esas frases anestesia una parte del cerebro.
Dije antes que la decadencia de nuestro lenguaje es remediable. Quienes lo
niegan argumentarían, en caso de que pudieran elaborar un argumento, que el
lenguaje simplemente refleja las condiciones sociales existentes, y que no
podemos influir en su desarrollo directamente, jugando con palabras y
construcciones. Así puede suceder con el tono o espíritu general de un
lenguaje, pero no es verdad para sus detalles. Las palabras y las expresiones necias
suelen desaparecer, no mediante un proceso evolutivo sino a causa de la acción
consciente de una minoría. Dos ejemplos recientes: "explorar todas las
avenidas" y "no dejar piedra sobre piedra", que fueron
liquidadas por las burlas de algunos periodistas. Hay una larga lista de
metáforas corruptas que también desaparecerían si un buen número de personas se
empeñara en esa tarea; y debería ser posible burlarse de la expresión "no
informe" hasta que deje de existir, reducir la cantidad de latín y griego en
la frase promedio, excluir las locuciones extranjeras y las palabras
científicas erróneas, y, en general, lograr que el tono pretencioso pase de
moda. Pero todos éstos son puntos menores. La defensa del lenguaje inglés
implica más que esto, y quizás es mejor empezar diciendo lo que no implica.
Para empezar, nada tiene que ver con el arcaísmo, con la preservación de
palabras y giros obsoletos del lenguaje, ni con la exaltación de un
"inglés estándar" del que nunca deberíamos apartarnos. Por el
contrario, se trata de desechar toda palabra o modismo que se ha desgastado y
perdido su utilidad. Nada tiene que ver con la gramática ni con la sintaxis
correctas, que carecen de importancia cuando se expresa claramente el
significado, ni con la eliminación de los americanismos, ni con tener lo que se
denomina una "buena prosa". Por otra parte, no se trata de fingir una
falsa simplicidad ni de escribir en inglés coloquial. Ni siquiera implica
preferir en todos los casos la palabra sajona a la latina, aunque sí implica
usar el menor número de palabras, y las más breves, que cubra el significado.
Lo que se necesita, por encima de todo, es dejar que el significado elija la
palabra y no al revés. En prosa, lo peor que se puede hacer con las palabras es
rendirse a ellas.