Vasos Vacios. Entrevista Sean Penn a Charles Bukowsky
Una excelente entrevista realizada por Sean Penn al genio Charles Bukowsky.
Pocas cosas existen tan cargadas de magia como
las palabras de un cuento. Ese cuento breve, lleno de sugerencias, dueño de
un extraño poder que arrebata y pone alas hacia mundos donde no existen ni el
suelo ni el cielo. Los cuentos representan uno de los aspectos más
inolvidables e intensos de la primera infancia. Todos los niños del mundo han
escuchado cuentos. Ese cuento que no debe escribirse y lleva de voz en voz
paisajes y figuras, movidos más por la imaginación del oyente que por la
palabra del narrador.
He llegado a creer que solamente existen media
docena de cuentos. Pero los cuentos son viajeros impenitentes. Las alas de
los cuentos van más allá y más rápido de lo que lógicamente pueda creerse.
Son los pueblos, las aldeas, los que reciben a los cuentos. Por la noche,
suavemente, y en invierno. Son como el viento que se filtra, gimiendo, por
las rendijas de las puertas. Que se cuela, hasta los huesos, con un
estremecimiento sutil y hondo. Hay, incluso, ciertos cuentos que casi obligan
a abrigarse más, a arrebujarse junto al fuego, con las manos escondidas y los
ojos cerrados.
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Hacia 1925, Horacio Quiroga elaboró un decálogo
de mandamientos que publicó bajo el título de "Manual del perfecto cuentista". Desde ese momento, por desgracia no se
han eliminado los cuentistas imperfectos y son muy pocos los que han logrado
el mismo grado de perfección de los mejores cuentos de Quiroga. Esto
comprueba que es imposible establecer de antemano cuáles deben ser los
ingredientes de un cuento sobresaliente, por no decir perfecto. Después de
distinguir entre planetas, satélites y otros objetos celestiales del sistema
solar colombiano, también estoy convencido de la imposibilidad de establecer
criterios fijos y absolutos para todas las novelas de un solo país y mucho
menos para todas las novelas de todos los países. A pesar de esa
imposibilidad, los criterios siguientes pueden ser útiles para determinar el
valor relativo de cualquier novela, o por lo menos, para distinguir entre
planetas, satélites, meteoritos y platillos voladores.
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El caballo y su viva entraña amanecen a una tarea
terrible, y lo que va del siglo ha mostrado el astillamiento de estructuras
consideradas escolarmente como normativas. Aún no hemos conocido mucho más
que el movimiento de destrucción; este ensayo tiende a afirmar la existencia
de un movimiento constructivo, que se inicia sobre bases distintas a las
tradicionalmente literarias, y que sólo podría confundirse con la línea
histórica por la analogía de los instrumentos. Es en este punto donde el
término literatura requiere ser sustituido por otro que, conservando la
referencia al uso instrumental del lenguaje, precise mejor el carácter de
esta actividad que cumple cierto escritor contemporáneo.
Si hasta este punto no hemos pasado de mostrar
cómo nuestro escrito barrena las murallas del idioma literario por una razón
de desconfianza, por creer que de no hacerlo se encierra en un vehículo sólo
capaz de llevarlo por determinados caminos, importa ya reconocer que esa
agresión no responde a una ansiedad de liberación frente a convenciones
formales, sino que revela la presencia de dimensiones esencialmente
incontenibles en el lenguaje estético, pero que exigen formulación y en
algunos casos son formulación. El escritor agresivo no incurre en la
puerilidad de sostener que los literatos del pasado se expresaban
imperfectamente o traicionaban su compromiso. Sabe que el literato vocacional
arribaba a una síntesis satisfactoria para su tiempo y su ambición, con un
proceso como el que he mostrado en el caso de Balzac.
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En noviembre de 2005 Seymour Menton comentó,
durante una entrevista que le hiciera José Carvajal (Librusa.com) con motivo
de su nuevo libro Un tercer gringo
viejo: Relatos y confesiones, lo siguiente: "Claro que me he servido
de algunas técnicas o trucos literarios, aprendidos a través de las décadas,
para despertar y mantener el interés de los lectores". Ciudad Seva le
preguntó al Dr. Menton cuáles eran esas técnicas o trucos. A continuación
incluimos su respuesta:
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Algunas técnicas que he aprendido leyendo novelas
y cuentos ajenos son relativamente sencillas, pero no son las únicas ni las
más importantes:
FIN
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Un amigo irá, este año del señor de 2009, a por la trascendencia cultural
instantánea de los premios literarios y me pidió algunos consejos para ganar
y dar El Gran Batacazo Intelectual. Me negué pensando que uno es capaz de
cualquier cosa inmerso en los inviernos semi-cruentos que nos depara Buenos
Aires pero el estío nos da fortaleza para mantener ciertos niveles de
integridad. Sin embargo, mientras el domingo se nublaba, durante un momento
de clara desconcentración deportiva en que perdí un partido de tenis que
podría haber ganado, pensé que una serie de puntos extraídos de la vieja
cantera del resentimiento personal-profesional no le podían hacer mal a nadie
y me servirían de excusa para no tener que desmenuzar la tilinguísima
columna que Juana Libedinsky publicó en la sección Cultura de La
Nación. (Se titula “El
balneario que inspiran a los escritores”. De neto corte periodístico
–esto es, inventar una tendencia ahí donde se dan casos aislados- su tesis
central sostiene que San Ignacio “inspira” a Martín Amis y Jorge Lanata y por
ello se convierte en el “balneario de los escritores”. Puedo tolerar a
regañadientes un 6-3 abajo con amenaza de lluvia, pero no semejante muestra de
genuflexión cultural.) |

I
Cree en un maestro -Poe, Maupassant, Kipling, Chejov- como en Dios
mismo.
II
Cree que su arte es una cima inaccesible. No
sueñes en domarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú
mismo.
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